Probablemente, los detalles de esta historia estén de más. En cuyo caso tendría que darme a la compleja tarea de ser muy elocuente, como en aquel guion que no he logrado acabar por no poder encontrar un final diametralmente más inesperado que sus diálogos.
Era la primera vez que platicaba con él, después de casi un año de no haberlo visto. No estaba muy convencida de ese encuentro, fui por simple curiosidad y porque tenía muchas ganas de ver aquella película tan particular. Al terminar de verla, nos dirigimos a su coche, para ir a tomar un café y bueno no se le daba mucho el ser caballero. Al llegar al café, continuó, hablándome de su trabajo, como cualquiera lo haría. En ese punto, sólo bastaron unas cuantas palabras en su discurso, para recordarme una de las anécdotas más entrañables que he tenido. Me llevó sin proponérselo a esa época, en la que los domingos fueron los mejores días, no de la semana, sino de mi vida. Las palabras fueron "los intestinos no están sueltos". Esa cita, claramente tuvo más sentido para mí que para él.
El tema del que trata el guion, y esta historia, me dio pánico desde mi niñez, pero cuando conocí a Lilia, ese miedo se convirtió en una tremenda necesidad de pasar días enteros leyendo, viendo películas, series, cómics y documentales de ínfima calidad. Mis terrores nocturnos se convirtieron en mi pasatiempo favorito.
Ocurrió, hace unos años, no recuerdo cuántos, quizá cinco o siete, que me la encontré. Yo iba caminando hacia la escuela. Ella era más joven, más rebelde, más delgada, pero no más alta que yo. Caminaba sin prisa y de reojo vi que traía un libro bajo el brazo del que sólo se alcanzaba a ver la mitad del título "Guía de..." Un título por demás común, aun así quería saber de qué trataba. La intuición me lo pedía, puesto que muchos de los libros que he leído, me trazaron los caminos que hasta ahora he vivido, como si mi historia y la de todos estuviera ya escrita y éste no sería la excepción. Por lo que la seguí unos cuantos pasos intentando ver el título completo, no lo logré. Desistí, puesto que en una ciudad tan grande, la gente desaparece, más aún en el metro.
Cuando llegué al salón, en el que iba a dar clase, para mi
sorpresa, ella estaba sentada con ese aire de intelectual desenfadada. Como
casi todos los alumnos que he tenido y que eligen estudiar francés. Yo misma me
veía así, mi novio, mis amigos, todos teníamos esa marca. Lo único que la hacía
distinta era el libro, de cuyo título y contenido me enteré mucho tiempo
después. Sin embargo me esforcé por hacer caso omiso de esa extraña
coincidencia. Ése fue el último día en el que ella llegó temprano o a veces ni
siquiera se presentaba. Hecho que atribuí a mi poca habilidad docente, a mi
incipiente intuición psicológica y a las actividades que realizaba, que más
allá de tener algún objetivo de aprendizaje, se centraban en mis tremendas
ganas de volver a París, aunque fuera, a través de la música, los libros,
imágenes y toda clase de recuerdos que traje conmigo.
Tan grande era el deseo, que varias veces caminando por CU,
recordaba esos encuentros con él, en les halles o en el trocadero. Le encantaba
ir a comer, caminar a un costado del río e ir a mi pequeño departamento.
Siempre en el mismo orden. Nuestra rutina era simple, pero hecha por los dos.
Deseaba que volvieran eso días y no por ser los más felices, tampoco porque él
fuera el amor de mi vida, sino por la calma que sentía estando a su lado y por
la música que tenía en su voz cuando hablaba en árabe. Pensamiento que se
disipaba en cuanto veía a lo lejos a mi novio, Iván, quien en todo caso, sí
significaba el amor más profundo que hubiera imaginado y mi ancla en esta
ciudad.
Pasó el tiempo y los recuerdos de aquella rutina se fueron
haciendo menos frecuentes, no así el recuerdo de la música en su voz. Llegó el
final de semestre, y Lilia me pidió mi teléfono para seguir platicando de los
franceses que tan poco le interesaban. Hecho que me dejó muy sorprendida por
mis notables fallas pedagógicas y su evidente desinterés. Poco tiempo después,
Lilia fue a casi todas las fiestas que hice en mi departamento, iba también sin
necesidad de algún festejo. Pasó por las rupturas y reconciliaciones que tuve
con Iván. De mi tristeza a la euforia, Lilia navegaba a salvo en esos maremotos
emocionales en los que yo me ahogaba. El tsunami vino después y afortunadamente
no se la llevó. Fue un día nublado, más gris que otras veces, cuando ella me preguntó sobre eso que me aterraba, sabía muy bien de qué se trataba; por lo que contesté que no quería hablar de ello, ya que de muy joven me había dejado sin dormir. Se quedó un momento pensado, me observó, esbozó una sonrisa y exclamó -¡Tranquila! yo te quitaré ese miedo. Por cierto, con ese tema me voy a titular- . Lo dicho, Lilia era experta en navegar en mares agitados y estoy segura que ni ella misma lo sabía.
Fue entonces que la primera pesadilla comenzó, Iván se fue, y esa vez, ahora lo sé, fue en serio. Los encuentros posteriores, eran eso, sólo momentos. El dolor emocional se convirtió en dolores de cabeza de todo el día y de las noches. Nadie pudo con ellos, médicos, especialistas, sólo el acupunturista logró disminuirlos. Y así pasaron meses, hasta llegar al año. En ese año, Lilia por supuesto, me llevó varias películas, las vimos juntas, me explicó muy seriamente, el porqué de cada de cada una de ellas, de cada director. Algo raro en ella, casi nunca se tomaba nada en serio. Con ella, superé uno de mis terrores más infantiles, al mismo tiempo que estaba viviendo una pesadilla que no se limitaba a la ausencia de Iván y nuestros domingos, sino a la presencia de dolor, mareo y fatiga. Sin embargo, sólo pasaron un meses después de Iván para que conociera a otros e incluso iniciara noviazgos evidentemente destinados al fracaso. Tiempo después, el dolor empezó a ceder, las visitas y salidas con Lilia se hacían cada vez menos frecuentes. Y yo veía una y otra vez sus películas y la tan famosa serie que explotaba el tema. También sustituí el recuerdo de la voz de aquel amor parisino por la música y la danza árabe. Sobra decir que aunque los años pasaron, el amor no regresó con la misma profundidad o al menos con la calma que tanto deseaba, así que dejé de buscarlo. Mi ya extinto terror, eran los zombies del tipo lento, rápido muy rápido, domesticable, del Santo, socialistas cubanos, stripers, nazis, simulados o fotosensibles; infectados de múltiples formas con o sin cura. Pero ellos fueron una clara proyección de mi comportamiento amoroso.
Notas:
A Lilia lo que le interesaba, era el hebreo. Actualmente, vive en Israel y hace turismo por los límites palestinos y sirios. No terminó su tesis sobre el Apocalipsis zombie en la literatura y el cine.
El título del libro que Lilia traía ese día era “Guía de supervivencia ZMB”. De las reglas de supervivencia, que están en un película:
Regla # 17 “no te hagas el héroe". Regla #32 “disfruta de los pequeños detalles" El cirujano con quien comienzo esta historia tiene la misma fecha de nacimiento de Iván, los dos piscis. Aplica la Regla #17 Como los intestinos no están sueltos, nadando por el vientre, muchas de las escenas zombies, carecen de sentido. Aplica la Regla # 32.
