La memoria es el mayor don que poseo.
Suelo recordar los mínimos detalles de la vida
Recuerdo el aroma de los jardines de mi infancia, los sonidos de los lugares que he conocido, y las luces de las fronteras por las que he andado.
Recuerdo las estrellas de mis sueños, y los arcoíris con sus desgracias.
Recuerdo las palabras vacías, los diálogos malintencionados, los discursos injustificados, y las amistades falsas.
Pero a veces la bendición de la memoria también se presenta como maldición.
Porque el recuerdo es tan nítido cómo si todo hubiera sucedido ayer y no muere.
Recuerdo la primera vez que le vi, sus primeras palabras, su primera sonrisa.
Recuerdo que me era indiferente, recuerdo sus intentos de entablar conversación conmigo, y recuerdo el día que de mala gana cedí.
Recuerdo la primera cita entre cuadros impresionistas, entre salas de historia, y la plática amena.
Recuerdo la primera cerveza, el primer beso, el primer “te quiero”.
Recuerdo su aroma en mi piel, su mano con mi mano, y el brillo de sus ojos.
Recuerdo enseñarle mis malos hábitos encubiertos por poesía barata y vino, caminatas sin rumbo y confesiones bajo la lluvia.
Recuerdo el amor que nos teníamos, y los días felices que vinieron a su lado.
Recuerdo sus sueños y sus miedos (nuestros)
Pero también recuerdo cuando las dudas y los miedos comenzaron a molestarle.
Recuerdo cuando su felicidad cambió a tristeza, y su sonrisa pasó a lágrimas.
Recuerdo el último día con lluvia de invierno, el último día que me miró a los ojos, el último día que me abrazó.
Y es así como mi mayor don se ha convertido en mi sentencia.
Ahora rezo por el olvido.
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